Las Babayagas son una veintena de señoras de entre 60 y 75 años que, a la edad de la jubilación, no quisieron seguir el guion de dedicarse a dar de comer a las palomas y contemplar sentadas el ocaso de la vida. Juntas han levantado una asociación, La Maison Des Babayagas, que es al mismo tiempo una residencia de mujeres mayores autogestionada, feminista, ecologista y solidaria.
A pocos pasos de la plaza se encuentra el inmueble donde residen, una vivienda de protección oficial de seis plantas divididas en estudios de entre 25 y 45 m2, varias salas comunes y un jardín. Los apartamentos están reservados a mujeres de más de 60 años salvo cuatro de ellos, en los que viven estudiantes o trabajadores menores de 30 años. A diferencia de otros centros para la tercera edad, este no cuenta con personal auxiliar, administrativo o médico contratado: las residentes se reparten de forma colectiva la organización y la gestión de las instalaciones. Entre ellas se ayudan y se cuidan.
La asociación -que toma su nombre de los cuentos rusos, en los que las Babayagas son personajes míticos, mitad ogros, mitad brujas- tiene por objetivo impulsar una forma de envejecer distinta, fomentando el empoderamiento, la autonomía y la sororidad entre mujeres mayores.
La iniciativa nació de la mano de Therèse Clerc, carismática militante feminista fallecida el año pasado a los 88 años, que batalló durante más de una década hasta ver la inauguración de este proyecto de vivienda participativa femenina. Paralelamente creó Unisavie, una escuela popular para transmitir el saber de las personas ancianas y reflexionar sobre los temas que les afectan.
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| Therèse Clerc |
“Queríamos demostrar que podemos apañamos solas”, resume Catherine Vialles, profesora de educación especial semi-retirada, ágil y de actitud jovial. En la sesentena bien llevada, la que es una de las residentes más veteranas admite que los inicios fueron difíciles: conceptos como feminismo, solidaridad o vida en comunidad eran entendidos de forma muy distinta por las participantes.
“No fue en absoluto idílico: había un problema de liderazgo y de orientación, y cuando el proyecto por fin vio la luz, las mujeres que más trabajaron para que se hiciera realidad estaban tan decepcionadas que se habían marchado casi todas”, rememora. “El grupo restante estaba desunido, las primeras reuniones fueron bastante tormentosas y tres meses después de llegar aquí, yo misma formaba parte de quienes querían desertar”.
Pero no era momento de tirar la toalla, y pasadas las turbulencias de los inicios, las residentes aprovecharon la llegada de una nueva presidenta para ponerse manos a la obra y revivir el espíritu inicial de la asociación.
“Organizamos una exposición con cuadros de artistas locales para comprar materiales para el jardín, que por aquel entonces era un bosque de maleza y ortigas”, recuerda. Las piezas se vendieron a 20 euros y la mitad de la recaudación fue para la asociación. “Compramos útiles y semillas, y mientras algunas trabajábamos para adecentarlo, el resto de mujeres que estaban en sus apartamentos nos oyeron conversar, reír, y fueron bajando poco a poco. Eso nos permitió volver a empezar”.“Con las ortigas arrancadas hicimos una gran sopa, lo que tiene un punto de rito de brujería acorde a nuestro nombre que nos encantó. Luego invitamos a cenar a los vecinos del barrio. Desde ese momento, se han sucedido las reuniones, las acciones, las fiestas… no hemos parado, cada vez surgen nuevos proyectos y hay una verdadera convivencia”, asegura.
Una cuestión política
Para Mina, artista y militante por el derecho al aborto que desarrolló su carrera en el teatro y el mundo del espectáculo, la vejez, y más concretamente, en el caso de las mujeres, es una cuestión eminentemente política. Se trata de una parte de la sociedad especialmente afectada por la precariedad y el aislamiento, y en un contexto de envejecimiento masivo de la población en el continente europeo, los poderes públicos no le prestan suficiente atención, considera.
De hecho, el proyecto de las Babayagas permaneció largo tiempo atascado: sus fundadoras solo consiguieron la luz verde de las autoridades tras la oleada de muertes de personas ancianas ocurridas durante la canícula que golpeó Europa en el verano de 2003. Francia se llevó la peor parte con miles de decesos y muchas de esas personas murieron solas.
Por lo demás, la vejez y la muerte se viven con naturalidad en la Casa de las Babayagas. “Desde que estamos aquí, hemos tenido tres fallecimientos. El último, el de Iro (la última presidenta), nos ha afectado especialmente porque su labor ha significado mucho para esta asociación”, concede Catherine. “Pero la muerte forma parte de la vida. Morir entre nosotras es menos doloroso, menos anónimo que en un edificio ordinario. Así que rendimos homenaje a quien se ha ido, bebemos a su salud y seguimos mirando al futuro”.
En diciembre, la asociación albergó un coloquio europeo sobre vivienda participativa en el que conocieron experiencias similares de residencias de mujeres en Holanda, Polonia, Alemania o Bélgica. “Continuamente recibimos peticiones de entrevistas de periodistas, artistas, universidades… gente interesada en conocer lo que hemos construido aquí”.
Las integrantes de La Casa de las Babayagas creen que este tipo de solución habitacional es un proyecto de futuro por el que merece la pena apostar, frente a la dependencia y la soledad de los últimos años de vida.
“La vejez no es una patología, sino una bella etapa de la existencia”,
solía decir su fundadora, Thérèse Clerc.
“Con esa esta casa autogestionada mostramos que se puede envejecer juntas,
de una forma distinta, en total autonomía y libertad”.



