Su olor era el nuestro, estaba adherido a la ropa de la cama. Recogía sus pelos en el baño, se quedaba dormido en mi espalda, no podía imaginar la vida sin él. Era mi hermano, mi marido, mi compañero, habitábamos la misma almohada. El reloj nos despertaba a la misma hora y nos repartíamos las tareas domésticas. El traía hortalizas de la feria y yo pagaba la cuenta del gas. Cocinábamos juntos, nos servíamos sopa en platillos idénticos antes de sentarnos a la mesa a comer. Casi no necesitábamos hablar, nos volvimos telepáticos. Bastaba una sonrisa, un monosílabo para saber que al otro no le faltaba nada, que todo estaba bien. Vivíamos en una burbuja protegida, teníamos todas las necesidades cubiertas y nos amábamos. Hasta que irrumpió el deseo.Fuente:
Enciclopedia del amor en tiempos del porno.
Josefa Ruiz-Tagle y Lucía Egaña Rojas.